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Miguel Canto a Proceso: “Soy un luchador y voy a pelear hasta el final de mis días”

Hace casi 20 años, en el número 1540 de Proceso se presentó un reportaje sobre el boxeador yucateco fallecido este jueves. “Me gusta luchar por tener algo, ser alguien”, dijo en aquel entonces. Por considerarlo de interés para los lectores reproducimos el texto publicado el 7 de mayo de 2006.

Boxeador de escaso poder en la pegada pero poseedor de un fino estilo y gran precisión, Miguel Canto aún sigue en la brega. Su historia es similar a la de otros que en sus momentos estelares ganaron grandes sumas y conocieron lo efímero de la fortuna.  

Las 15 defensas que hizo de su título han dejado una huella indeleble en los anales de este deporte. Ahora, con casi 60 años de edad, batalla para ganarse la vida. Realiza peleas de exhibición en pequeños pueblos del sureste mexicano y asegura: “Soy un luchador y voy a pelear hasta el final de mis días”. 

MÉRIDA,YUC.- “No se te ocurra conectarle un volado, nada de golpes al hígado, ni a la cara, ni siquiera pegarle duro. Nomás márcale los golpes”, instruye el promotor al anónimo pugilista que enfrenta a Miguel Canto, a 30 años de sus épicas batallas. El excampeón mundial de peso mosca ahora muestra una panza mediana, trae puestos unos guantes que son casi del tamaño de su rostro y tiene atrofiados la agilidad, los reflejos, el honor y la dignidad. 

La orden es contundente: “Nadie puede golpear al campeón”. Al menos no en las anónimas peleas de exhibición que realiza en los pueblos perdidos del sureste mexicano, porque hace décadas que el púgil yucateco dejó de viajar a Japón y a Estados Unidos para defender títulos y obtener bolsas millonarias. Hoy, el maestro del jab, del gancho al hígado, del cabeceo, de las victorias esculpidas pacientemente, lo más lejos que se desplaza es a una arena de Cozumel, donde al final de una improvisada función de box recibirá 3 mil pesos.  

Pero al Agujita Arjona le tuvieron sin cuidado las recomendaciones; se enfrenta al fantasma del campeón suelta los brazos y conecta. Consigue doblarle las piernas y alcanzar el rostro de Canto quien, piernas de hilacho, se tambalea abrumado por un peso que lo ubica varias categorías arriba de cuando se coronó ante el japonés Shoji Oguma a mediados de los setenta. 

El rival es lo de menos. Puede ser El Chamaco Cetina con todo y sus 52 años o un tal Estudiante Rivera que con sus 38 años se mueve en el encordado como si fuera un novato. 

Lejos de las multitudes, los alaridos y la pasión, Canto exhibe las penurias de su presente ante menos de mil espectadores que le escamotean el respeto. Le silban porque la velocidad ya no es su aliada y sus piernas se quedan pegadas al piso. El golpe cruzado largamente anunciado por su rival de ocasión se le estrella en el rostro. No hay defensa ni ataque. 

Las ráfagas de golpes certeros son cosa del siglo pasado. Las peleas de 15 episodios también. Ahora, en el cuarto  round termina la exhibición. No hay masajista. La esquina está vacía. Sin  banquito ni toalla para limpiar el sudor, ni cinturón de campeón, ni cámaras de televisión, ni reporteros. Solo, desciende del cuadrilátero. Estira la mano y recibe los billetes. No hay fiesta. 

 

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Las céntricas calles de Mérida ven deambular a Miguel Canto Solís. Lo hace tres o cuatro veces por semana, con sus pantalones acampanados y camisa de manga corta. Sus ojos escrutan cuanto rostro se cruza en su camino. Desesperado busca al tipo que un día, refiere, le arrebató de las manos un pagaré que supuestamente le mandó el Consejo Mundial de Boxeo. 

“Es su fantasía”, dice su compadre Juan Monsreal Oxté. “Siempre cuenta que cuando lo encuentre le va a dar la paliza de su vida. Yo le digo que se ubique, pero no hace caso. Es la esperanza a la que se aferra, porque así obtendría dinero para solventar los apuros económicos que está viviendo. Sueña con encontrar al individuo y dice que vamos a remodelar la tienda. Vive agarrado a una tablita que se llama pagaré”, sentencia el amigo. 

 

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El Parque de beisbol Carta Clara, en Mérida, está a reventar. Es el 13 de diciembre de 1975. Hace 11 meses que Miguel Canto se coronó. Es su tercera defensa del título y el retador es el dominicano Ignacio Espinal, conocido como el campeón sin corona. Se distingue por su 1.72 de estatura que contrasta con el 1.54 del campeón. 

Se han enfrentado en dos ocasiones anteriores: en la primera ganó el dominicano y Canto después. Esta noche es la revancha directa. “Para demostrar que soy un auténtico campeón tengo que pelear con los mejores”, le dice Canto a la prensa. “Mientras más grandes son más duro caen”, le recuerda Jesús Cholain Rivero, su manejador. 

Espinal, moreno, hábil y de potente pegada. Elegantísimo, cubierto con una bata negra que le llega hasta los tobillos. Miguel, con pantaloncillo de satín rojo y las iniciales MC bordadas en el lado izquierdo con hilo blanco brillante. Suena la campana. Espinal descarga tres derechazos que Canto elude con su extraordinario movimiento de cintura. Muy a su estilo da pasos laterales, entra a atacar y sale de inmediato de la zona de fuego. Inteligente, pega y evita la artillería de su adversario. 

Desde su esquina al retador le gritan que tire golpes; así lo hace pero ninguno alcanza al rival. Con una de sus típicas fintas Canto provoca que Espinal se agache y le conecta un upper que le revienta la nariz. La sangre fluye sobre la humanidad del dominicano pero su fortaleza lo mantiene de pie recibiendo los impactos del yucateco. Nunca se coloca de espalda contra las cuerdas. 

Quizás el campeón no cuenta con gran poder en los puños, pero coloca los golpes una y otra vez en el mismo lugar hasta que cortan con precisión quirúrgica. Ganchos con la izquierda arriba y abajo en la mejor demostración de su carrera. Cátedra de boxeo. Noche inspirada. La decisión fue unánime: Canto retuvo el título, como de costumbre, en 15 asaltos. Fue una de 15 defensas que el peleador realizó, récord que hasta la fecha se mantiene vigente. Esa noche ganó una bolsa de 160 mil dólares que puso en las manos de su “amigo” Elías García Madahua para la construcción de un hotel y una tienda de importaciones en Cancún. 

Frente a las cámaras de televisión y los micrófonos de la radio le ciñen el cinturón. Espinal declara a la prensa: “Sólo otro Miguel Canto puede derrotar a Miguel Canto”. 

 

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Viernes 21 de abril de 2006. Hace casi 24 años que Miguel Canto se retiró del boxeo. Lo hizo después de tres derrotas al hilo por nocaut. La última vez que peleó como profesional fue ante Rodolfo Colorida Ortega. Cayó noqueado a los dos minutos del séptimo asalto. Pero El Maestro no ha terminado de bajarse del ring, pues se lo impiden sus necesidades económicas. 

Los últimos años los ha dedicado a realizar peleas de exhibición y presentaciones. Promotores o presidentes de distintas comisiones de boxeo del sureste de México lo incluyen en funciones de aficionados o profesionales. 

La reportera no concertó cita con Canto, pero éste accede a platicar. “Se trata de boxear máximo cuatro rounds contra gente que se dedica más a la copa que a otra cosa y pues no aguantan. Es una pelea normal, ellos me tienen que tirar todo lo que tengan, pero no me dan, los controlo bien. No me pagan nada, es de a gratis, lo hago por deporte. A veces vienen mis amigos y me dicen te ofrezco tanto y como me gusta voy. Me dan unos 5 mil, 3 mil o 2 mil pesos. No me emociona tanto ir por el dinero”, confiesa Canto, el primero de seis campeones mundiales oriundos de Yucatán. 

Está sentado en la sala de su casa en la colonia Miraflores, al oriente de esta ciudad. Viste bermudas blancas de algodón, una camiseta gris y sandalias de hule. El pasado 30 de enero cumplió 58 años, pero se ve que no ha dejado de hacer ejercicio; sus músculos sólidos permiten suponerlo. 

Tiene la piel curtida por el sol, pero muy pocas arrugas. Reconoce que no ha dejado de entrenar. Salvo cuando se toma algunas semanas para descansar, todas las mañanas se levanta a las cinco y sale a correr por su colonia. Unos 12 kilómetros al día lo mantienen en forma. En el patio trasero de su hogar, entre los lazos que sirven para poner a secar la ropa, coloca un costal viejo al que se le sale el aserrín cada vez que lo golpea con ímpetu. Ahí entrena, salta la cuerda y le da a la pera. 

“Como no fumo ni tomo y me acuesto a las ocho de la noche, por eso tengo condición física y podría aguantar hasta 12 asaltos” presume el expeleador en cuya cara apenas se notan las huellas que su ocupación le dejó. Una cortada en la ceja derecha, la nariz un poquito de lado y una cicatriz en la frente, consecuencia de un accidente automovilístico. 

En la terraza de su casa de dos niveles están acomodados dos refrigeradores de ésos que se usan para guardar los refrescos. Sobre uno de ellos se encuentra una báscula mecánica. Es lo único que queda de la tienda de abarrotes que alguna vez tuvo. 

En la cocina se encuentra Irma Rodríguez, la mujer con la que ahora comparte su vida. Están ellos solos. A ella por menos la visitan sus tres hijos a quienes Miguel Canto considera como suyos, debido a la ausencia de los propios. 

“Yo no tengo tiempo de ir a verlos, ellos tienen la obligación de venir a verme pero si no quieren ellos sabrán por qué. Antes me preocupaba eso, pero son iguales que su mamá, piensan igual y tienen el mismo carácter. Son ingratos”, se lamenta Miguel. Doña Irma recibe ayuda de sus hijos y sostienen su casa con el dinero que Canto gana por sus presentaciones. 

“A ella le apura que aún lo haga, porque a veces tira guantes con algunos boxeadores y se baja mareado. El pugilista Ricardo Barrera agarró a Canto de sparring y la Comisión de Boxeo que yo dirigía, tuvo que decirle al muchacho que no se pasara de listo”, confiesa Víctor Salomón, uno de sus pocos amigos. 

 

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La cantina El Salón de la Fama que se ubica en el centro de Mérida está de fiesta. Las notas en las secciones deportivas de los diarios locales anuncian un festejo nocturno en reconocimiento al excampeón mundial peso mosca. El acto está condicionado a que Canto venda entre los asistentes boletos para la rifa de un televisor. 

 

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Sus victorias en el cuadrilátero corrieron paralelas a las derrotas en su vida privada. Algunos de los millones que el pugilista ganó los invirtió en la construcción de un hotel y en una tienda de importaciones en Cancún. Otro tanto fue a parar en un restaurante que se llamó Los Venados y que su hermano Carlos administraba. 

Las ganancias dieron para comprar una casa grande, de amplios jardines, con piscina y hasta dos perros collie. También se hizo de unos terrenos en la carretera rumbo a Progreso, de una tienda de ropa para caballeros y de otra de abarrotes 

 

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Canto siente vergüenza de contar que su paisano Elías García Madahuar huyó llevándose buena parte del dinero que le confió; que él mismo cambió el hotel por lo que creyó era el rancho que siempre deseó y que resultó ser un terreno polvoriento y sin valor. Como su contador nunca declaró ante Hacienda, el púgil fue requerido para que pagara impuestos y recargos. El restaurante quebró. Las cosas buenas se las robaron los amigos malos. 

Víctor Salomón conoce la historia completa: “Miguel ha sufrido mucho. Todos saben quiénes le robaron, nos consta. Este García Madahuar lo perjudicó económicamente y ahí comenzó la debacle. Lo engatusaron y le vendieron unos fraccionamientos Flamboyanes que eran pura ciénega. Lo peor es que cambió su hotel de Cancún por un dizque rancho que tenía seis pavos, un perro y un gato en una zona insalubre, sin nada, en Oxkuxkab. Cómo no te vas a desanimar si tus amigos, tu gente de confianza te dan las puñaladas”. 

Pero a Canto le cuesta trabajo hablar de lo que le ha pasado. Sonriente y convencido de sus palabras afirma que sigue siendo igualito de buena gente, de tonto. “Muchas veces me han visto la cara pero sí me doy cuenta. El problema es que me da pena decirlo. Yo ayudé a todo el mundo, hasta a gente que ni conocía y dónde están no lo sé; desaparecieron con todo lo que era mío”. 

Ya no quiere saber del dinero ni de lo que ya no tiene. “Me duele recordarlo por ser muy confiado, muy tonto y dejar que todas mis cosas las manejaran otros que me pagaron mal. No tengo rencores, pero no quiero ver a nadie ni saber nada del pasado”, enfatiza. 

Hace poco se enteró que la casa que compró hace 30 años la perdieron porque su exmujer la hipotecó: “Ella la pignoró en el banco para darle el dinero prestado a unas señoras que vinieron de California. Ya para qué me molesto. Eso me dejó muy triste, pero qué más da”. 

La propiedad se encuentra en la colonia Nueva Alemán, sobre la Avenida Miguel Canto. No es común que alguien viva en una calle que lleve su mismo nombre, pero eso para el exboxeador es una burla.Considera que es un homenaje a su desgracia. 

Juan Monsreal resume: “Tiene un corazón muy grande y por eso está en la prángana. Después de 13 años a mí me agarró la fiaca y la devaluación del 93. Las ganancias eran para mí y pues también lo perdí todo, pero yo si le pagué. Muchas personas abusaron de él. Ser pobre es gracia de Dios, pero ser tonto es cosa de uno mismo, así dice el refrán”. 

 

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En el canal 13 de la televisora estatal aparece un spot de la Secretaría de Salud en el que Canto es el protagonista. Está entrenando en un gimnasio a todo vapor. Fuerte y saludable; suelta un derechazo hacia el lente de la cámara, al tiempo que llama a los yucatecos a vacunar a sus niños para “noquear a la tuberculosis”. Por grabarlo no recibió más que las gracias, hasta que los amigos lo animaron a pedir un estímulo económico y lo llevaron casi a rastras para cobrar los 7 mil pesos que algunas cuentas pagarán. 

 

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El excampeón vive con el escaso dinero que recibe de aquí y de allá. El Instituto del Deporte del Estado de Yucatán lo tiene contratado como entrenador de boxeo amateur. Los pocos peleadores que acuden para recibir instrucción son indisciplinados y faltistas; Canto cumple con hacer acto de presencia un par de horas. Como manager no ha sacado a un solo boxeador bueno. “Le falta sangre caliente para pelear en la vida, es la única pelea que está perdiendo de punta a punta”, comenta en tono crítico Juan Monsreal.  

El compadre Juan Monsreal es poco ortodoxo para alentar a Miguel Canto. Lo llama cobarde, le dice que busque trabajo pues por más campeón mundial que haya sido el hambre no sabe de nombres. 

“Él mismo que se decida a ser un ganador. Que luche. Le falta la fuerza y determinación con la que boxeaba. No ha hecho en la vida lo que sí hizo en el ring porque el boxeo le gusta más que la vida”. 

Canto acepta que la vida lo noqueó. En cuanto a triunfos y derrotas prefiere acordarse sólo de los del boxeo. A Dios le reprocha que el destino y su mala suerte se hayan encargado de asestarle uno y otro golpe que lo mandan a la lona. Pero no deja de confiar en que aún puede ser feliz. 

Después de no haberle negado nada a nadie en lo que se refiere a posesiones materiales, lo único que le queda a Miguel Canto es su casa y un Volkswagen viejo. De valor sentimental, sólo cuenta con Irma, de quien se enamoró en las puertas del colegio donde cada uno llevaba a sus respectivos hijos. 

Irma es, según el boxeador, la luz que ilumina su oscura existencia. “Es lo único preciado que tengo en la vida. No me importa no tener casas, coches, nada; prefiero tenerla a ella. 

“Será porque soy un luchador y voy a tener que pelear hasta el final de mis días. Me gusta luchar por tener algo, ser alguien. Me gusta que me vean vencedor, no que me vean derrotado. Ahora mismo no lo estoy, pero como que me caigo y me levanto, me tambaleo pero Irma es mi manager que me va a ayudar a triunfar”. 

 

Casta de campeones  

 

Durante las décadas de los setenta y ochenta, un clan de campeones entre los que se encuentran Miguel Canto, Gustavo Guty Espadas, Freddie Chato Castillo, Juan Herrera y Lupe Madera colocaron al estado de Yucatán en el mapa del boxeo mundial. 

De cuna humilde, se abrieron paso a la fama y al dinero a punta de golpes. Todos volvieron al sitio de donde salieron. Sus historias dentro del ring estuvieron marcadas por los nombres de William Abraham y Eric Germon, los promotores yucatecos que abusaron de su ingenuidad e ignorancia y los hicieron grandes para despojarlos de sus ganancias. 

Los campeonatos mundiales que obtuvieron, dicen ahora, les cambiaron la vida para mal: se perdieron en el alcohol, se divorciaron, regalaron su dinero y fueron burlados. Guty y Chato cayeron en la cárcel; Herrera, andando borracho perdió el taxi que trabajaba y Lupe Madera, ya fallecido en un accidente, descansa en una tumba sin lápida ni epitafio que lo recuerde. 

Tras la rejilla de prácticas del Centro de Readaptación Social de Mérida está Guty Espadas, quien llegó a esa ciudad el 3 de octubre de 1976 con el cinturón de campeón de peso mosca de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Las imágenes de triunfo llenaron las páginas de los diarios yucatecos, los mismos que siete años después, ya destronado, publicaron la noticia de que una juez lo condenó a tres meses y medio de prisión por incumplir con la pensión alimenticia. 

El campeón (así lo llamarán hasta la eternidad) está en la cárcel. Los presos, emocionados por tener tan distinguido compañero, lo retan. Guty los complace y tira guantes con los que más resisten, los que se drogan. Les pega tan fuerte que pone a dormir a uno que otro. Lo colman de aplausos y privilegios. Lo cuidan a cambio del dinerito que reparte y de las sobras de comida que les da. 

Una noche de hace 30 años en el Sports Arena de Los Ángeles, Guty Espadas noqueó en el décimo tercer asalto al panameño Alfonso López quien llegaba invicto; era veloz y potente, pero sobre todo tenía aguante. El yucateco estaba seguro que ganaría. Se había preparado corriendo 14 kilómetros diarios en la hacienda Santa Gertrudis Copó, donde además nadaba durante horas en un tanque y cortaba leña. 

La técnica boxística de Espadas no era buena, pero su entrega disimulaba las carencias. Hasta el décimo round llevaba la pelea perdida por puntos, pero en el undécimo le llegó el segundo aire. Salió a vapulear a su adversario, a quien le quedaban unos cuantos minutos como campeón del mundo. Sólo Guty y su compadre Raúl Castillo se imaginaron que ese 2 de octubre iba a ganar el título. Ni su apoderado ni el manejador lo hubieran pensado. Le sobraban las ganas de ser alguien y con éstas mandó a López a la lona dos veces en el duodécimo round. En el siguiente asalto, con otra caída, lo fulminó. 

En las gradas, la emoción de los espectadores inundaba el lugar en el que desde hacía 15 años no se había dado una pelea de título mundial peso mosca de ese nivel. La locura se extendió hasta el aeropuerto de Mérida donde miles de paisanos esperaban al nuevo monarca para acompañarlo por la abarrotada avenida Itzaes hasta el centro; de ahí hasta su casa en la colonia Chuminópolis donde los mariachis cantaban y los vecinos lo vitoreaban apostados en las azoteas. Guty alcanzó a percibir que aquello no sería eterno. El tiempo le daría la razón. 

Gustavo Espadas Cruz tiene 51 años. Está estrenando figura, pues hace unos cuantos meses traía un sobrepeso de 30 kilos. El exceso de comida y cerveza le pasaron la factura al cuerpo. Atrás quedaron los días en que llenaba la Plaza de Toros Mérida, el Polyforum Zabná o el Parque Carta Clara. 

Las peleas en las que hasta en los pueblos la afición se desbordaba aventando dinero al cuadrilátero sólo quedan para la anécdota. Ya tampoco convive con personajes de la talla de Juan Gabriel, Cantinflas o Lola Beltrán. Ya no hay visitas a Los Pinos, ni alcaldes o presidentes que quieran estrechar su mano; ni inauguraciones de estadios o de temporadas de beisbol. 

Ahora Guty vive en una modesta casa en la Fidel Velázquez, una colonia popular del oriente de Mérida, con su esposa Virginia y sus hijos Gustavo y Víctor. Se gana la vida vendiendo enseres domésticos, relojes o lo que sea, incluso “bolita”, la lotería clandestina yucateca. 

Se retiró en 1984, cuando las piernas ya no le respondían luego de 14 años con más triunfos que derrotas; después de cinco defensas, cuatro a su favor y la última en su contra con el venezolano Betulio González. Dos años trajo puesta la corona, pero nunca llegaron a sus manos las ganancias. 

Alcanzó a comprar una casa grande en Chuminópolis donde aún vive su primera familia. En el banco tuvo un millón de pesos, pero nada más. “Yo decía tanto dinero y dónde quedó. El dinero ni me lo gasté yo. Por años guardé notas porque a mí me llegaban que fulanito te mandó estas guayaberas, y luego me les descontaban a mí y a Beto Rivero, mi manejador, de lo que nos daban. Que la esclava para el réferi, que a Sulaimán le mandaban su caviar y sus alfombras persas; que los relojes, que lo que se les daba a los periodistas. Yo tenía que pagar eso. Después me dijeron malagradecido porque ellos me estaban cuidado el dinero, pero eso sí, no había ningún documento. No dejo de reconocer que sin William Abraham no hubiera habido yucatecos campeones del mundo. Sin él no hubiera sido lo que fui”.  

Sin rencores contra nadie y agradecido por los buenos tiempos, Guty Espadas se dice inmensamente feliz, más que cuando fue campeón. Sin recibir pago a cambio desde hace dos años entrena a un grupo de muchachos. Sus hijos lo ayudan y Víctor el más pequeño quiere ser boxeador. 

“Ni por todo el oro del mundo cambiaria a mis dos hijos porque ellos me quieren por lo que soy, no por lo que tuve. Con ellos vengo de la nada, de no tener ni para comer. Si no fuera por Virginia yo estaría hasta muerto por tanto tomar”. 

 

El Chato Castillo 

 

Orgulloso yucateco nacido en el barrio se San Sebastián, conocido por ser uno de Los Pateadores, “la banda de cabrones que madreaban” a los que entraban a enamorar muchachas a esa colonia. Peleonero por naturaleza, primero en las calles, después en el ring. Malo para la escuela. Es Alfredo Martínez Castillo, el chamaco que con 14 años se metió al boxeo porque “se ve fácil” y que se quitó el Martínez para que su papá no descubriera al mocoso rebelde partiéndose el alma sin permiso. 

Con él nadie se iba defraudado. No prestaba, regalaba dinero o lo que le pidieran. No por nada le decían “loco”. Por fanfarrón, por borracho, jugador y mujeriego. Fue el primer mexicano en ser bicampeón mundial de boxeo, peso mosca en 1978 y Minimosca en 1982. 

Desde hace un año que Chato Castillo vive en Cozumel. Se fue para allá a petición del promotor Gregorio Mendoza, dueño de la arena-gimnasio Miguel Canto y con quien trabajó como entrenador a cambio de mil quinientos pesos a la quincena. Cansado de ganar poco, el exbicampeón renunció y con ayuda de su cuñado Manuel Borges, está montando un gimnasio en la parte de arriba de una casa en la colonia Flamingos. 

Enseña sus secretos a unos 10 aspirantes a boxeador, a cambio de 50 pesos por sesión. Entre ellos se encuentran sus hijos Nacif y Marvin. Sueña que serán campeones como él, que hasta fue llevado en hombros desde el aeropuerto de Mérida hasta San Sebastián. 

“Soy feliz porque tengo por quien luchar, a quien amar y quien me ame. Y eso se lo debo a mi esposa Melba porque gracias a ella fui bicampeón del mundo. Ella me tiró esa llanta para salir de ese mar de llanto, de cerveza y de trago; me alentaba. Mi exmujer me encerró ocho días en la cárcel por no darle dinero, pero ella se largó con otro cabrón sin decir a dónde. Estaba yo decepcionado de todos a los que ayudé y que ya ni se acuerdan de mi.” 

“A ver chatito ven acá”, le dijo el entrenador Fayo Solís al adolescente que en ese momento adoptó el nombre de Chato Castillo. “Coño, me falta un peleador y hay una pelea con un chaparrito pobre diablo que le tiras dos madrazos y lo acabas”. “Ta bueno”, le dijo Freddy y se trepó al ring en lo que fue su primera pelea en calidad de amateur. El chaparrito se llamaba Guty Espadas, campeón de los Guantes de Oro, novato y peleador del año en Yucatán. El saldo en palabras del derrotado: “Me jodió, me chingó, me despedazó mi nariz. Dejó cerrados mis ojos, partió mi boca. Bueno, no me mató porque Dios no quiso”. 

William Abraham apareció en la vida de Freddy Castillo después de que éste perdió ante Chucho Loría a su regreso a Mérida. Cuando el hambre apretó lo fue a ver y de inmediato recibió 500 pesos. Abraham le ofreció ayuda para hacerlo campeón mundial. Ya casado y con una hija, había regresado al rastro a trabajar. “Déjate de mamadas”, le gritó el empresario. “Tu trabajo va a ser entrenar”. Y desde entonces cada semana le pagó 100 pesos.  

“Ese chingao negro no me va a ganar nunca. Desde que usted y él firmaron, ese campeonato ya está en Mérida. Sólo falta que yo llegue con él”, le dijo Freddy Castillo en Puerto la Cruz, Venezuela, al promotor Rafito Cedeño, cuatro días antes de la pelea por el título mundial minimosca frente al venezolano Luis Lumumba Estaba, apodado así por su parecido físico con el revolucionario congolés Patricio Lumumba. 

Calificado por unos como “una pepita pelada” y por otros como “un león rasurado”; Castillo destronó al campeón el 19 de febrero de 1978. Después de 13 rounds golpeándolo abajo, subió las manos y con volados de izquierda y uppers de derecha ganó por nocaut efectivo. El cinturón que le pusieron al yucateco fue el de Lumumba; el suyo nunca se lo mandó el Consejo Mundial de Boxeo, a pesar de que el Chato le entregó a Eric Germon el dinero para mandarlo a hacer. “De lo que gané, me rebajaron una lana para mi cinturón, porque cuando quedas campeón tienes que pagar por eso. O bueno, al menos eso me dijeron”. 

Freddy Chato Castillo sólo recuerda que una vez le pagaron 600 mil dólares por pelear en Argentina y otros 200 mil en Panamá, pero desconoce cuánto ganó por todas sus peleas. No culpa a nadie. Sabe que lo regaló a sus familiares y amigos. “Gané mucho dinero pero no sé ni por donde chingados lo tiré. No me dolía regalarlo porque lo ganaba muy fácil. A mí nadie me robó. Dicen que Germon y que William se chingaron a Guty y a Lupe Madera, pero yo digo que son pendejos los que hablan así”. 

El 24 de julio de 1982 Freddy Castillo obtuvo el título Mosca al vencer, por decisión unánime, al colombiano Prudencio Cardona en el Parque Carta Clara. Este campeonato lo perdió el 6 de noviembre del mismo año. Del Minimosca fue despojado en su primera defensa tres meses después de haberse coronado. 

Se retiró en 1986 luego de sostener 68 combates con 45 triunfos, 30 de ellos por nocaut. “Puse mi nombre en la historia y si fui bueno o un hijo ‘e puta, me van a recordar. Me basta con eso, con que la gente me recuerde”. 

 

Juan Herrera 

 

Rompe en llanto. Lo reconoce, siempre ha sido chichón. Así le dicen los yucatecos a los llorones. Hoy se le salen las lágrimas por el sentimiento que le provoca acordarse de cómo fue timado. Pasó de ser el campeón mundial a un hombre que perdió, por andar tomando, hasta el taxi que le daba su único sustento. El vehículo ya lo recuperó. Hace unos años en al aniversario del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) se ganó uno de los dos Chevys que rifaron. Lo cambió por un Tsuru que maneja en la ciudad de Mérida durante las madrugadas para llevar trasnochados a sus casas. 

La dignidad la sigue buscando. Tiene 48 años y todavía le dicen Juanito. Se dice millonario porque tiene salud “¿Jodido yo?”, se pregunta. “Jodidos los que no pueden ir al baño”. Siente que todos lo quieren aunque ya no tenga dinero. “De entre tantos buenos peleadores salió Juanito, el más pendejito; pero como decía mi compadre Freddy que iba como las tortuguitas, despacito. 

A Herrera se le encuentra de lunes a viernes en el gimnasio del Deportivo Kukulcán donde entrena a los nuevos valores del boxeo amateur yucateco. Fidencio Canto lo invitó a trabajar para el Instituto del Deporte. Aunque al principio no le pagaban, la chamba le sirvió para alejarse del trago, vicio por el cual se separó de su familia y ahora vive solo; pero dice que está feliz porque trabaja en lo que le gusta, en el boxeo. 

“Me retiré del boxeo por el desánimo que tenía cuando me empecé a dar cuenta de los chanchullos que hacían con mi carrera. Por eso dije ni un golpe más para mí. Para decirlo claro: me estaba robando. No calculo cuánto gané. Nunca firmé contratos ni nada. Yo entrenaba como una máquina, más no me puse a averiguar. Me vine a enterar que no me daba ni  50% de lo que en realidad ganaba. Se lo quedó este asesor jurídico que era mi apoderado Eric Germón, que ya se murió. Se volvió rico a mis costillas y de Lupe y de Freddy y de Guty. Le dicen el campeón invicto porque a todos nos chingó.” 

Los 150 mil pesos que Juan Herrera recibió en septiembre de 1981 por ser el campeón nacional Mosca se le fueron en agasajar a los que le ayudaron. Tres meses más tarde, cuando se coronó campeón mundial por la Asociación Mundial de Boxeo venciendo por nocaut en siete asaltos a Betulio González la bolsa subió hasta 100 mil dólares. 

A él le tocó lo suficiente para pagar una casa y un coche. En su primera defensa, cedió el título al argentino Santos Benigno Laciar en 1982; no pudo recuperar este campeonato dos años más tarde cuando se volvió a medir ante este peleador. 

Ahí descubrió que le robaban. “Se supone que por cada una de esas peleas me gané 90 mil dólares que jamás vi. Tenían un contrato con Televisa, que compraba la función que valía cinco millones de pesos y a mí me daban 200 o 250 mil. Lo vine a saber por los hermanos de William Abraham y por el propio Beto Rivero. Después cuando Lupe Madera se coronó en Japón estábamos festejando y ahí estaba Germón. Lo insulté y le dije ladrón. Me la agarré con él para siempre. Ya no me consiguió peleas buenas”. 

 

Lupe Madera  

 

En el panteón Xoclán descansan los restos de Lupe Madera. Su tumba es un rectángulo de cemento sin lápida, ni epitafio. Una brocha y un poco de pintura sirvieron para escribir su nombre y la fecha cinco de diciembre del 2005, el día que lo sepultaron. El florero es una botella de refresco de dos litros que contiene lo que queda de unas irreconocibles flores que el sol se encargó de secar. El rezador del lugar, don Manuel, guía a la reportera hasta el lugar; y al ver la escena no se aguanta el comentario: “Uy, y eso que éste fue un campeón mundial”. 

Se encontró con la muerte el 2 de diciembre del año pasado, unas horas después de haber festejado el Día del Boxeador. Para la ocasión se había cortado el cabello. Se rasuró. Muchos se acercaban a saludarlo y cuando llegaron los mariachis se puso a cantar El Rey. Ya había bebido de más, así que un amigo se ofreció a llevarlo a su departamento, ubicado arriba de la coctelería Los Delfines, negocio de su propiedad en la colonia García Ginerés. Una escalera lo separaba de su recámara donde colgaba su hamaca. Él sólo intentó llegar arriba. El equilibrio lo traicionó y resbaló, golpeándose la cabeza. El impacto no lo mató, pero se quedó dormido y broncoaspiró. Murió, a los 53 años, ahogado con su propio vómito.  

Los últimos años de su vida, el excampeón mundial Jorge Guadalupe Madera Pacheco los pasó atendiendo el negocio que puso con su esposa unos 20 años atrás. Los viejos amigos pasaban a saludarlo. En ese mismo lugar su hijo menor, Israel de 24 años recuerda, con tristeza, la manera como bebía su padre. Si viviera, a esta hora ya estaría echándose unas cervezas. “Tomaba mucho. Desde que dejó de boxear tomaba demasiado, se ponía mal. Por eso hace unos años se enfermó de pancreatitits. Lo raro es que se le quitó (…) Mi mamá lo cuidó en mi casa, pero cuando se sintió bien se regresó a la suya. Yo al principio le decía que no tomara, pero se enojaba. Él sabía lo que tenía que hacer”. 

En 1983 Lupe se hizo del título Minimosca de la AMB. Había sido sparring de Guty Espadas, Juan Herrera y Miguel Canto. Con él se acabaron los campeones mundiales yucatecos, hasta que casi 20 años después Guty Espadas hijo llegaría a ser el número uno de los peso Pluma. 

De carácter alegre y sencillo, Lupe Madera decía que no necesitaba dinero para ser feliz y que cuando se muriera no se iba a llevar nada. A los suyos les dejó el negocio, una casa y un cochecito. Nunca se volvió a casar ni tuvo más hijos que Israel y Jorge, pero el resto del dinero lo gastó en quién sabe qué. Los recuerdos son muchos. Las fotos y videos de sus peleas. Las históricas del título y la primera defensa ante el japonés Katsuo Tokashiki en Tokio, quien se convirtió en un importante conductor de televisión en su país y que en 1993 llegó hasta Mérida para entrevistar a aquel que tiempo atrás fuera su verdugo.