En 2026 se cumplen 60 años de que el Estadio Banorte abrió sus puertas por primera ocasión al público. El nacimiento del sueño para que México contara con un escenario deportivo de talla mundial —que hoy está en vísperas de albergar su tercera Copa del Mundo— se remonta a 10 años antes de su inauguración.
La concepción del mítico inmueble no se puede entender sin la presencia de dos elementos esenciales para la consolidación del proyecto: la creciente afición al futbol y el nacimiento de la televisión comercial, factores que detonaron la idea para la construcción de un inmueble ambicioso de grandes dimensiones y vanguardia.
Era 1956. México recibía la segunda edición del Campeonato Panamericano de Futbol teniendo como sede el Estadio de Ciudad Universitaria, torneo que desbordó las expectativas de los organizadores al contar con selecciones como Brasil, campeona del mundo dos años más tarde, y Argentina, además de los anfitriones.

Con miles de aficionados afuera del recinto sin la posibilidad de ingresar a ver los partidos, esta competencia evidenció la necesidad de contar con un escenario para grandes audiencias digno del futbol, un deporte cuya popularidad crecía exponencialmente.
El interés del público obligó a que sobre la marcha se tomara la decisión de transmitir por televisión los partidos de la Selección Mexicana de futbol, una incipiente industria que pocos años atrás había dados sus primeros pasos para llevar a las pantallas espectáculos deportivos como el beisbol, la lucha libre y el futbol americano colegial.
La empresa encargada de dicha encomienda fue Telesistema Mexicano, comandada por Emilio Azcárraga Vidaurreta —empresario con experiencia en la industria de la radiodifusión que incursionaba como uno de los pioneros de la televisión en México— que en 1955 se había formado de la fusión de los canales independientes 2, 4 y 5.
Así, el 4 de marzo de 1956, el partido entre las selecciones de México y Perú del Campeonato Panamericano fue la primera transmisión de un partido de futbol en el país, sembrando la semilla para lo que a la postre sería un modelo de negocio integral acorde a los tiempos que corrían. El concepto del entretenimiento deportivo en México estaba a punto de cambiar para siempre.
Mientras el proyecto de un nuevo escenario todavía estaba lejos de concretarse, en 1959 se daba otro paso para la materialización del sueño. El joven empresario Emilio Azcárraga Milmo, hijo de Azcárraga Vidaurreta, compró al club América, que en ese entonces jugaba en el Estadio de Ciudad Universitaria.
El rompecabezas comenzaba a tomar forma, existía un espectáculo masivo que seguía captando aficionados, la industria televisiva crecía a un ritmo vertiginoso que cada vez necesitaba más contenidos y contar con un equipo dejaba la mesa puesta para la última pieza: un estadio que catapultara la experiencia del futbol a otra dimensión e incluso fuera el buque insignia del país para albergar un Mundial. Así comenzó a gestarse el proyecto del Estadio Banorte.
Sin embargo, esta encomienda requería la suma de esfuerzos. Por ello, en 1960, los equipos capitalinos América, Atlante y Necaxa crearon la sociedad Futbol del Distrito Federal, figura bajo la cual se convocó a un concurso entre firmas de arquitectos para diseñar un inmueble, el Estadio Banorte, con capacidad para más de 100 mil espectadores.
La propuesta ganadora fue la del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, quien en paralelo también trabajaba en los proyectos de los museos de Antropología y Arte Moderno en la Ciudad de México. El nuevo estadio resultaba un reto sin precedentes.
En su visión de futuro, Azcárraga Milmo realizó un fichaje estratégico al contratar en 1961 a Guillermo Cañedo de la Bárcena como presidente del América procedente del Zacatepec y quien además ya se desempeñaba como titular de la Federación Mexicana de Futbol, un personaje que también figuraría como su mano derecha en la consolidación del proyecto del Estadio Banorte.
El terreno elegido fue un pedregal en Santa Úrsula casi colindante con la Calzada de Tlalpan al sur del otrora Distrito Federal. El proyecto no sólo pondría a prueba un diseño inédito para un escenario de grandes dimensiones, también representó un desafío a la ingeniería por la complejidad del suelo volcánico característico de la región.
Finalmente, en una ceremonia encabezada por el presidente Adolfo López Mateos y después de todo el trabajo de planificación de obra, en agosto de 1962 se colocó la primera piedra del Coloso de Santa Úrsula, y aunque su construcción no estaría exenta de contratiempos, ya no había marcha atrás.
La historia del Estadio Banorte había comenzado.
