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La Construcción de un Templo

Levantar el Estadio Banorte enmedio de las adversidades no sólo representó una audaz apuesta, también significó el primer paso para erigirse como un prodigio arquitectónico que con el tiempo se convirtió en un sello de distinción y un referente a nivel mundial.

Edificar un escenario ambicioso y en aquel entonces único en su tipo como el Estadio Banorte, no sólo representó un desafío de arquitectura e ingeniería para la época, también un despliegue humano pocas veces visto con monumentales retos a la altura de lo que se estaba creando.

Desde la colocación de la primera piedra en agosto de 1962, los trabajadores tuvieron que enfrentar la que se convirtió en la mayor dificultad que acompañó el resto de la obra hasta su conclusión: la superficie del terreno.

Aunque de antemano era sabido que la elección del sitio donde se construiría el estadio en el ejido de Santa Úrsula se encontraba en suelo volcánico producto de una de las erupciones del Xitle hace miles de años, ya en el lugar, remover la piedra demandó una labor titánica.

Para vencer a las rocas se debieron dinamitar alrededor de 180 mil toneladas de piedra con el propósito de preparar los cimientos, sin embargo, llegó otra dificultad no prevista, los mantos freáticos se encontraban a menor profundidad de la esperada e incluso durante los trabajos se descubrieron los restos fósiles de un mamut.

Esta adversidad obligó a detener la excavación de acuerdo con lo planeado, lo cual implicó un reajuste en los trabajos de ingeniería al tener que levantar la estructura a mayor altura de lo contemplado en un inicio y provocó que los gastos se dispararan a más del doble de acuerdo con el presupuesto original.

El financiamiento y la gestión de recursos estuvo a cargo de la empresa Futbol del Distrito Federal, encabezada por Emilio Azcárraga Milmo, propietario del Club América, quien también contaba con la participación de los clubes socios Atlante y Necaxa, los cuales aportaron el 20 por ciento de sus ingresos para la amortización del inmueble.

La respuesta al contratiempo económico llegó de una forma creativa. Guillermo Cañedo, presidente del América, sugirió adoptar un modelo similar al que pudo observar en la construcción de un estadio en Brasil, el cual consistía en comercializar por anticipado los palcos y plateas que tendría el recinto, en un acuerdo de uso por 99 años, lo que les permitió capitalizarse para concluir la obra y cubrir los incrementos.

En cuanto a temas de diseño, una de las principales metas planteadas por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca era levantar un inmueble que le permitiera a sus más de 100 mil asistentes contar con una visibilidad óptima a la cancha sin importar el lugar donde se encontraran.

Para ello, se le dedicó especial atención a la isóptica —cálculo de ángulos de visión para los espectadores— y se proyectaron estrategias y conceptos técnicos como la ausencia de soportes en el interior del estadio, lo que eliminaba cualquier obstáculo visual, además de que la forma del recinto fuera elíptica y no rectangular.

Luis Alvarado, especialista en esta rama de la arquitectura, realizó un estudio a detalle para determinar las curvaturas y niveles de las gradas, lo cual permitió hacer el cálculo preciso para que ningún espectador sentado tuviera una interferencia visual respecto a otra persona que se encontrara en la fila de adelante.

Otro de los sellos distintivos del Estadio Banorte es su cantilever o techo voladizo, el cual se sostiene por su base posterior y anclajes para que quede suspendido sin la necesidad de columnas, lo que además permite cubrir a buena parte de los espectadores tanto de la lluvia como del sol.

El 8 de octubre de 1964, a media construcción del coloso, México fue designado para recibir la Copa del Mundo en el marco del congreso de la FIFA realizado en Tokio, Japón, tras vencer a Argentina en las votaciones para obtener la sede.

La visión que Azcárraga Milmo imaginó años atrás para contar con un Mundial de futbol de la mano de un estadio de vanguardia daba su siguiente paso para materializarse pese a los obstáculos.

El país estaba de moda gracias al llamado “Milagro Mexicano”, como se le conoció al periodo de crecimiento luego de finalizar la Segunda Guerra Mundial y que lo colocó en un proceso de rápida industrialización y con estabilidad económica sostenida.

En apenas un año, el territorio nacional ya contaba con los compromisos para albergar los Juegos Olímpicos de 1968 en la Ciudad de México y el Mundial de futbol de 1970. En muy poco tiempo, México sería sede de los dos espectáculos deportivos más importantes del orbe y su cumplimiento se había convertido ya en un tema de Estado.

Así, el 29 de mayo de 1966, el Estadio Banorte estaba listo para ser inaugurado gracias a la labor ininterrumpida de cientos de trabajadores que hicieron equipo para darle forma a la nueva catedral del futbol mundial, producto de una audaz apuesta empresarial que desafió tanto a la naturaleza como a la ingeniería de su tiempo y que en lo estético se consolidó como una joya del brutalismo en el paisaje urbano de la Ciudad de México.

El partido inaugural corrió a cargo del América recibiendo al Torino de Italia ante más de 110 mil espectadores y con el brasileño Arlindo Dos Santos por parte de los anfitriones inmortalizando su nombre como el primer jugador en marcar gol en el recinto con un disparo al ángulo de la portería rival cuando apenas habían transcurrido 10 minutos de un inolvidable partido que terminaría con un empate 2-2.  

La primera página en el terreno de juego estaba escrita.