UNAM conmemorará los 475 años de la fundación de la Universidad de México (Rogelio Morales Ponce)

El 21 de septiembre, el órgano máximo de la UNAM, el Consejo Universitario, celebró una solemne sesión de forma extraordinaria, no en la planta principal de la Torre de Rectoría de Ciudad Universitaria donde acostumbra, sino en el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina, ubicado en el Centro Histórico, pleno corazón de la Ciudad de México, para conmemorar sus primeros 475 años de vida.

A casi 500 años de aquella Cédula Real firmada el 21 de septiembre de 1551 por el príncipe Felipe a nombre de Carlos V que dio origen a la Real Universidad de México. Pontificia luego, por bula de Clemente VIII; Nacional, después por la Revolución, y Autónoma por decreto y por sangre en 1929. La efeméride no es un festejo únicamente de nostalgia, es porque, como dice el lema de la presente celebración “Nuestra historia es futuro”.

Y hay que decirlo con todas las letras, esta universidad de carácter público, ha sobrevivido a imperios, intervenciones, dictaduras y a neoliberales que hace cuatro décadas pretendieron privatizarla.

Porque la UNAM no solo la constituyen las 400 actividades que cotidianamente se efectúan en sedes de México y el extranjero; 700 piezas en San Ildefonso a partir del 7 de octubre; la reapertura de la Sala Nezahualcóyotl con la presentación de la OFUNAM interpretando obras de Gabriela Ortiz, Mahler y Tchaikovsky; o las icónicas letras de oro que la Cámara de Diputados develará el próximo 29 de septiembre en San Lázaro; sino todas las vicisitudes que ha recorrido en casi cinco siglos para que hoy se refrende como nuestra máxima casa de estudios y una de las mejores a nivel mundial en este 2026, siendo la segunda mejor de América Latina, sólo detrás de la Universidad de São Paulo, Brasil, según el Academic Ranking of World Universities (ARWU).

No se puede hablar de la UNAM en la época contemporánea, sin destacar la lucha estudiantil, integrada en el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), que propició la huelga en enero de 1986 en contra de las pretensiones del rector, en ese entonces, Jorge Carpizo de iniciar un proceso para su privatización, incrementando el costo de todas sus cuotas y la desaparición del pase reglamentado a licenciatura, conocido como pase automático, a los estudiantes egresados de la Escuela Nacional Preparatoria y del Colegio de Ciencias y Humanidades. Una lucha que aniquiló una reforma contenida en el documento “Fortaleza y Debilidades de la UNAM” aprobado por el Consejo Universitario y refrendó que la educación no es ni debe ser una mercancía.

La lucha impulsada por el CEU heredó la conciencia y la combatividad de los estudiantes universitarios que en julio de 1929 efectuaron también una huelga que, gracias a ella, el gobierno del presidente Emilio Portes Gil le otorgara su calidad de autónoma, por ende, la capacidad de autogobernarse, elegir a sus propias autoridades, decidir sus planes y programas de estudio; administrar su presupuesto y garantizar la libertad cátedra e investigación. Fue herencia de los estudiantes de 1968 que combatieron el autoritarismo gubernamental y se sumaron a la lucha de los diferentes sectores del pueblo por la democracia y las libertades políticas. Actualmente puede decirse que sin la lucha del CEU no habría UNAM pública, habría una universidad privada, de élite.

La exposición del Colegio de San Ildefonso lo entiende bien, junto a manuscritos, fósiles e instrumentos del siglo XVI, habrá recursos inmersivos. Porque la disputa de los próximos 25 años, rumbo a los 500, no será por quién tiene la biblioteca más antigua, sino por quién tiene, entre otros aspectos, soberanía educativa y tecnológica,.

La UNAM no puede ser espectadora de la innovación, sino también su productora, con cualidades críticas y autocríticas. Ahora se refleja en los laboratorios de supercómputo, con la regulación ética de la IA desde el Instituto de Investigaciones Jurídicas; con el uso de IA en el diagnóstico médico en la Antigua Escuela de Medicina; o con la preservación de lenguas indígenas mediante distintos modelos de lenguaje.

Pero falta la gran reforma, que la IA (como en 1988 fue la defensa de la gratuidad) sea hoy entendida como derecho. Ningún estudiante debe quedar fuera de la revolución tecnológica, por no tener dinero para pagar una licencia, contar con servidores y acceso a base de datos.

La historia lo dice todo. En 1551, la universidad enseñaba Teología y Cánones; en la Reforma adoptó el positivismo y al término de la revolución de 1910 refleionaba y ampliaba la oferta profesional para construir un país después de la dictadura; en 1968, enfrentaba al autoritarismo gubernamental; en 1986 enseñó a defender la educación pública. Hoy, en 2026, su reto es dominar la tecnología, sin perder el humanismo.

La UNAM nunca ha sido un ente estático, son 475 años de intensa creatividad social, científica y tecnológica, sin arrodillarse ante nadie. Felicidades a nuestra Universidad. Que siga creciendo e incomodando a quienes no comulguen con la universidad pública por otros 500 años y muchos más. “Por mi raza hablará el espíritu”

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