Todavía no eran la hora oficial de apertura cuando las primeras familias llegaban a los panteones de Dolores y del Carmen para visitar, como cada 2 de noviembre, a sus seres queridos que descansan en los dos camposantos más tradicionales de Monterrey.

Antes incluso de llegar a las lápidas para limpiarlas y dejar una ofrenda floral, muchos visitantes ya iban en el trayecto recordando anécdotas que dejaron aquellos que se adelantaron en el camino.

Los numerosos hermanos Ponce, por ejemplo, visitaron a sus padres como tradicionalmente lo hacen: juntándose los 10 que viven en la Ciudad y en llamada con los tres que radican fuera.

“Somos muy unidos, por eso año tras año tratamos de hacer el esfuerzo de ver a nuestros dueños, aquí la pasamos muy bien juntos, gracias a Dios.

“Nuestros padres eran muy felices de tenernos a todos así como nos ve, muy contentos y sanos”, compartió Rosa Elia Ponce.
Pero la memoria de quienes ya partieron no se queda solo para los que los conocieron.

Aunque el padre de la señora María de Jesús Díaz falleció hace 40 años, su recuerdo ha seguido vivo durante generaciones.
“Todos los días lo llevo en mi corazón, siempre, era un hombre trabajador, alegre, y generoso.

“Anteriormente traía a mis hijos a verlo al panteón, y ahora traigo a mis nietos porque les encanta venir, los conocen a través de nosotros y del resto de la familia que siempre habla de como era él”, relató María.

Así, con tantas familias yendo, y las coloridas flores adornado cada rincón, los panteones de Monterrey se convirtieron, como cada Día de Muertos, en campos llenos de vida.

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