La revelación se pierde entre decenas de informaciones. El conductor escupía malas noticias a un ritmo vertiginoso: sube el petróleo, se extiende la hambruna, Estados Unidos inicia una nueva guerra y la amenaza de una pandemia acecha a la vuelta de la esquina. Un día cualquiera en el planeta Tierra. La humanidad se esfuerza por extinguirse.

Pero, en medio de aquella perorata, de aquella calca de noticiero en la que cuesta trabajo distinguir entre la emisión del lunes y la del jueves, el titular pronuncia una frase que me deja helado:

—Este año no habrá verano.

Ni siquiera se trata del pronóstico del clima. Es una afirmación contundente. Después de todo este tiempo, el sol se rehusará a calentarnos.

Me asomo a la calle. Echo un ojo a mis redes sociales. Incluso apago la televisión y guardo un silencio tibetano. Los muros de mi departamento son delgados. Resulta común escuchar las voces de mis vecinos: los vítores con que celebran un gol en medio de algún partido importante; los regaños a los niños que no saben estarse quietos; las discusiones de pareja que dejan en claro la caducidad del amor eterno.

Pero este día, nada.

En la calle, los transeúntes apuran el paso a su trabajo. En Internet, la turba digital se dedica a linchar a los villanos de la semana, en su mayoría ladies y lords que derrochan prepotencia. Y en el edificio, sólo se oyen los pasos del recolector de basura que, con su presencia, desata una sinfonía de ladridos detrás de las puertas, cortesía de los perros que tienen por encomienda cuidar las propiedades de sus dueños.

A nadie parece importarle que nos hayan robado el verano.

El 21 de junio llueve tristeza en el mundo.

—Buenos días, corazón.

Volteo hacia la cama. Verónica me manda un beso. Su piel compite en blancura con las sábanas revueltas. Así, recién despierta, luce como una sirena arrastrada por las olas espumas hasta la playa. Sonríe con una inocencia felina.

Anoche, cuando nos conocimos, me advirtió que le gustaba dormir hasta tarde. Le dije que por costumbre me levanto a escuchar las noticias y me respondió que no importaba, porque tenía el sueño muy pesado. Sobre todo cuando hace el amor.

—¿Te quedas a desayunar? —le pregunto, mientras me dirijo a la cocina para servirle una taza de café.

—Gracias por la invitación. ¿Me prestas una camiseta tuya? Yo la escojo, sólo dime dónde las guardas.

Le respondo que en el cajón superior del mueble que tiene enfrente. Verónica se levanta de la cama. Aunque anoche exploré con detenimiento cada rincón de su cuerpo y mi boca casi se queda a vivir por ahí, le dirijo una mirada indiscreta. De día, me parece aún más hermosa. Es una escultura griega que ha cobrado vida.

Observo cómo revolvía mi ropa y finalmente se decide por una camiseta negra. La mayoría de mi ropa lo es. Se la pone y se da la vuelta,, para modelérmela.

—¿Cómo se ve?

Eligió una de Slayer, con la leyenda del disco God Hates Us All al frente.

—Sólo no te la lleves… es una de mis favoritas. Tiene la firma de Kerry King — le ruego.

Verónica se acerca a mí, me quita de las manos la taza que le he servido para ella y se me pega. Cierra sus brazos alrededor de mi cuello. Su aliento despide un perfume frutal.

—Tienes dos opciones: te regreso la camiseta cuando me vaya… o me coges con ella puesta, pero no la vuelves a ver en tu vida.

Pudiera ser que Dios nos odiara a todos. Se llevará para siempre el verano del mundo, como dijeron en las noticias. Permite que haya guerras, epidemias y catástrofes.

Pero hoy, por lo menos, a mí parece amarme más que a todos sus hijos.

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