Ataques israelíes en Gaza (EFE)

Ezra Shabot publicó en Nexos un artículo titulado “Genocidio”. Su propósito es negar que esa palabra describa lo ocurrido en Gaza y sostener que hacerlo forma parte de una operación política destinada a cuestionar la existencia misma de Israel. El problema es que, para sostenerla, incurre en generalizaciones, omisiones históricas, analogías difíciles de defender y saltos lógicos insostenibles. No pretendo zanjar una controversia jurídica que corresponde a los tribunales internacionales. Quiero en cambio plantear diez preguntas que su artículo evita responder.

1. ¿A partir de qué número de muertos podemos utilizar la palabra genocidio?

¿Diez mil? ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil? ¿Un millón? ¿En qué padrón de la muerte masiva se establece el canon que nos autoriza a pronunciar esa palabra? La respuesta jurídica es sencilla: ese número no existe. La Convención contra el Genocidio no establece una cuota mínima de cadáveres. Define actos —matar miembros de un grupo, causarles daños graves o imponerles condiciones de existencia capaces de provocar su destrucción física— realizados con intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Por eso comparar Auschwitz, Ruanda o Srebrenica no resuelve por sí solo nada.

Tampoco estamos, como podría sugerir Shabot, ante una acusación retórica sin consecuencias jurídicas. La Corte Internacional de Justicia ha considerado plausibles los derechos invocados por Sudáfrica bajo la Convención contra el Genocidio y ha impuesto a Israel medidas provisionales destinadas a prevenir actos comprendidos en ella y proteger a la población palestina. Desde el 21 de noviembre de 2024 pesa sobre Benjamin Netanyahu una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. La misma orden fue dictada contra su exministro de Defensa Yoav Gallant. No estamos, pues, ante una palabra que pueda descartarse contando cadáveres.

2. ¿Los civiles alemanes bombardeados durante la Segunda Guerra Mundial sirven para justificar los civiles muertos hoy?

Shabot compara Gaza con las ciudades alemanas bombardeadas por los Aliados: en ambos casos, afirma, el objetivo no era exterminar civiles sino derrotar militarmente al enemigo. El paralelismo es inquietante. Si una causa militar considerada justa vuelve aceptable retrospectivamente la muerte masiva de civiles, el pragmatismo bélico se vuelve cinismo: había que hacerlo; no existía alternativa; eran daños inevitables; el enemigo se ocultaba entre ellos. Si ya sacrificamos civiles ayer, podemos sacrificarlos hoy. Precisamente el derecho humanitario posterior a la Segunda Guerra Mundial estableció obligaciones de distinción y proporcionalidad para impedir que la necesidad militar se convirtiera en licencia sin límite.

3. ¿Criticar a Netanyahu significa negar al Estado de Israel?

Se puede defender el derecho de Israel a existir, condenar inequívocamente la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023 y, simultáneamente, cuestionar la conducta del gobierno de Benjamin Netanyahu. Sin embargo, Shabot concluye que considerar genocida la actuación israelí tiene como objetivo “promover la eliminación de la entidad judía y con ello la vida judía en todo el mundo”. Entre criticar a un gobierno ultraviolento y desear la desaparición de un Estado hay un trecho enorme.

4. Frente a la retórica de Hamás ¿Por qué no examinar también las palabras de los gobernantes israelíes?

Si la intención es un elemento decisivo para discutir la existencia de genocidio, como afirma Shabot, las declaraciones de quienes ejercen el poder no pueden ser irrelevantes. Desde el comienzo de la contraofensiva hemos escuchado expresiones de altos funcionarios israelíes sobre castigo colectivo, bloqueo de bienes esenciales, desplazamiento y devastación de Gaza que deben incorporarse a la discusión.

El entonces ministro de Defensa Yoav Gallant anunció un “asedio completo” de Gaza —sin electricidad, alimentos, agua ni combustible— y afirmó: “Estamos luchando contra animales humanos”. Nissim Vaturi, uno de los vicepresidentes del Parlamento israelí, habló de “borrar la Franja de Gaza de la faz de la Tierra”. Amihai Eliyahu, ministro de Patrimonio, sostuvo que en Gaza no había civiles “no involucrados” y, preguntado por la posibilidad de emplear un arma nuclear, respondió: “Esa es una manera”. Ninguna de estas declaraciones demuestra por sí sola jurídicamente una intención genocida, pero tampoco puede discutirse seriamente esa intención fingiendo que el lenguaje político no existe. El lenguaje importa porque precede a los actos, los legitima y, a veces, los vuelve posibles.

5. ¿En qué momento desaparece de la discusión el uso excesivo de la fuerza?

Aceptar el derecho de Israel a responder al ataque del 7 de octubre no significa aceptar cualquier respuesta. El derecho internacional humanitario obliga a diferenciar entre civiles y combatientes y a ponderar la proporcionalidad de los ataques. La finalidad declarada de una operación militar no basta para absolver todos sus medios. Shabot acepta que Gaza ha quedado devastada, pero atribuye sus condiciones principalmente al fanatismo de sus dirigentes. ¿Todo grado de fuerza queda legitimado por su origen? La legítima defensa no contiene dentro de sí una amnistía anticipada.

6. ¿Son los palestinos de Gaza una colectividad culpable?

El artículo afirma que “la población” de Gaza festejó el ataque del 7 de octubre y describe después una sociedad en la que se funden “el profesionista y el mártir, el médico y el asesino, el periodista y el ejecutor de niños”. Aquí se desdibujan las categorías que el derecho de guerra intenta conservar. Un médico no deja de ser civil porque Hamás gobierne el territorio donde vive. Un periodista tampoco. Un maestro tampoco. Mucho menos un niño. La responsabilidad criminal pertenece a individuos y organizaciones. Convertir una población entera en extensión moral del enemigo es uno de los mecanismos más antiguos de la deshumanización: el paso previo que permite volver aceptable su castigo colectivo.

7. ¿Existe realmente algo llamado “el mundo islámico” capaz de pensar y actuar como una sola persona?

Shabot habla del mundo islámico como si fuera un sujeto histórico uniforme y sostiene que nunca produjo una clara separación entre religión y Estado. Casi dos mil millones de seres humanos quedan metidos en una sola frase. Indonesia y Arabia Saudita. Senegal e Irán. Bosnia y Pakistán. Marruecos y Malasia. Suníes, chiíes, seculares, nacionalistas, liberales, islamistas, monarquías y repúblicas democráticas imperfectas. Todos convertidos en “el mundo islámico”. Resulta curioso exigir precisión semántica para utilizar la palabra genocidio y abandonarla cuando se utiliza la palabra islam.

8. ¿Arafat nunca aceptó a Israel “como un Estado judío democrático”?

El 9 de septiembre de 1993, Yasser Arafat escribió a Yitzhak Rabin: la OLP “reconoce el derecho del Estado de Israel a existir en paz y seguridad”. También aceptó las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad y renunció al terrorismo y a otros actos de violencia. Israel respondió reconociendo a la OLP como representante del pueblo palestino. Podemos discutir el fracaso de Oslo, las responsabilidades de Arafat y las oportunidades perdidas por ambas partes. Lo que no podemos hacer es borrar un dato histórico porque estorba a nuestro argumento.

9. ¿Legítima defensa y crimen de guerra son conceptos incompatibles?

Israel sufrió el 7 de octubre un ataque atroz. Hamás asesinó y secuestró civiles. Nada de lo ocurrido después modifica ese hecho. Pero tampoco esos hechos responden automáticamente a otra pregunta: ¿qué puede hacer legalmente un Estado después de haber sido atacado? El derecho de legítima defensa y el derecho humanitario existen simultáneamente. Un Estado puede tener derecho a responder y, al mismo tiempo, cometer delitos en la manera de hacerlo. Negarse a comprender esta distinción convierte la “legítima defensa” en una fórmula mágica capaz de absolver anticipadamente cualquier consecuencia.

10. ¿Toda acusación contra Israel esconde antisemitismo?

El antisemitismo es real. Tiene una historia monstruosa y sigue produciendo violencia, discriminación y fanatismo. Pero antisemitismo no significa lo mismo que antisionismo. Tampoco toda crítica al sionismo equivale a hostilidad hacia los judíos. Una cosa es el prejuicio y el odio contra un pueblo; otra, la discusión y el rechazo de una ideología nacionalista y, particularmente, de aquellas de sus corrientes contemporáneas que han adquirido rasgos expansionistas, religiosos y mesiánicos. Fusionarlos produce el curioso efecto de transformar prácticamente cualquier crítica severa contra Israel en hostilidad contra los judíos.

Criticar a Netanyahu y a la ultraderecha que lo acompaña en el poder no significa negar a Israel. Denunciar posibles crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad e incluso sostener que existen elementos para investigar un posible genocidio tampoco significa desear la desaparición de los judíos. Afirmar, como hace Shabot, que acusar al Estado de Israel de genocidio tiene necesariamente como objetivo preparar la eliminación de los judíos representa una extrapolación insostenible.

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