
En estas fechas de Halloween y Día de Muertos, cuando las brujas reaparecen en disfraces, cuentos y altares, conviene recordar que no todas las que llevan ese nombre son villanas de leyenda. Algunas fueron jóvenes reales que volaron de noche, en aviones de madera y tela, y hicieron temblar a uno de los ejércitos más poderosos del siglo XX. Los soldados alemanes las llamaron Nachthexen, las Brujas de la Noche. Ellas no eligieron el apodo. Se lo ganaron a base de silencio, precisión y valor.
Entre 1942 y 1945, el 588.º Regimiento de Bombarderos Nocturnos —después elevado a 46.º Regimiento de Aviación de Bombarderos Nocturnos de la Guardia Taman— se convirtió en una de las unidades más singulares de la Segunda Guerra Mundial. Era exclusivamente femenino. Sus pilotos, navegantes y mecánicas eran mayoritariamente jóvenes de entre 17 y 25 años: estudiantes, maestras, trabajadoras y aficionadas a la aviación que de pronto se vieron lanzadas a una guerra total. Mientras el mundo asociaba a las brujas con hechizos y calderos, estas mujeres usaban brújulas, mapas y un biplano aparentemente insignificante para hostigar las líneas alemanas noche tras noche.
El origen de una unidad improbable
La historia comienza con la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941. La Operación Barbarroja destrozó gran parte de la aviación soviética en los primeros meses. Hacía falta personal desesperadamente. Marina Raskova, navegadora de prestigio nacional y figura pública, aprovechó su influencia para convencer a las autoridades —incluido Stalin— de crear tres regimientos aéreos femeninos. Uno de ellos, el 588.º, se especializaría en bombardeo nocturno. Al mando quedó Yevdokiya Bershanskaya, una aviadora experimentada que tuvo que transformar a un grupo de jóvenes en una unidad disciplinada capaz de sobrevivir a condiciones que muchos hombres consideraban suicidas.
No partían de una posición de privilegio. Al principio recibieron uniformes masculinos demasiado grandes y equipo inadecuado. Enfrentaron el escepticismo de compañeros que dudaban de que las mujeres pudieran combatir. Cada misión completada fue desmontando, poco a poco, esos prejuicios.
El avión que nadie temía… hasta que llegaba
Su arma principal era el Polikarpov Po-2 (antes U-2), un biplano de los años veinte construido sobre todo de madera y tela. Cabina abierta, velocidad baja, instrumentación básica y capacidad de carga limitada. Frente a los cazas y bombarderos modernos alemanes parecía un juguete. Sin embargo, esas mismas “debilidades” se convirtieron en ventajas. Su lentitud y capacidad de giro cerrado dificultaban la interceptación. La estructura ligera lo hacía menos visible para ciertos sistemas de detección de la época. Y, sobre todo, permitía una táctica que les dio fama: apagar el motor en la aproximación final y planear en silencio.
Los soldados alemanes contaban que primero oían un silbido suave, el viento rozando cables y alas. Después caían las bombas. El Po-2 no podía llevar grandes cargas, así que la solución fue la repetición. Una misma tripulación podía realizar entre ocho y dieciocho salidas en una sola noche. Mientras las pilotos regresaban, el personal de tierra —también femenino— repostaba, revisaba y cargaba nuevas bombas en cuestión de minutos. El objetivo no era solo destruir instalaciones, depósitos o concentraciones de tropas: era impedir el descanso, generar incertidumbre y mantener una presión psicológica constante.
Nombres detrás del mito
Detrás del apodo colectivo había rostros concretos. Nadezhda Popova realizó cientos de misiones y sobrevivió a la guerra; se le atribuyen más de 850 salidas. Irina Sebrova alcanzó cifras cercanas a las mil. Yekaterina Ryabova navegó en varias de esas noches junto a Popova. Bershanskaya mantuvo la cohesión del regimiento durante toda la contienda. Raskova, la impulsora, murió en un accidente aéreo en enero de 1943 mientras trasladaba aviones. Su funeral recibió honores de Estado.
Las cifras del regimiento, siempre aproximadas según las fuentes, hablan de alrededor de 24.000 misiones de combate, más de mil noches de operaciones y cerca de tres mil toneladas de bombas lanzadas. Participaron en la defensa de Stalingrado y el Cáucaso, en Crimea, en la liberación de Novorossiysk, en Bielorrusia, Polonia y el avance final hacia Alemania. En febrero de 1943 recibieron el título de unidad de la Guardia. Alrededor de dos docenas de sus integrantes fueron distinguidas como Heroínas de la Unión Soviética. Treinta y dos mujeres del regimiento murieron en servicio, según datos del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial.
Más allá del combate
Su contribución fue táctica, no estratégica por sí sola. Hostigaron, interrumpieron suministros, dañaron posiciones y desgastaron moralmente al enemigo. Demostraron, además, una lección militar clásica: un medio aparentemente inferior puede ser eficaz si se aprovechan sus características reales en lugar de pretender que sea otra cosa. Volaban expuestas al frío extremo, a la lluvia y al viento en cabinas abiertas. El peligro no solo venía del fuego antiaéreo o de los cazas; también del clima y de la fatiga acumulada.
No fueron las únicas mujeres en el Ejército Rojo —hubo francotiradoras, tanquistas, artilleras, médicas y partisanas—, pero sí una de las expresiones más visibles y duraderas de esa participación. Después de 1945 el regimiento se disolvió. Muchas regresaron a la vida civil. Algunas continuaron ligadas a la aviación; otras no. No desfilaron en el gran desfile de la Victoria con sus lentos Po-2. Durante décadas su historia quedó en un segundo plano respecto a otras unidades. Solo con el tiempo, gracias a testimonios de supervivientes e investigaciones históricas, se recuperó con justicia.
Brujas de verdad, pero no malas
En Halloween y en el Día de Muertos recordamos a los muertos, a los espíritus y a las figuras que habitan la frontera entre lo visible y lo invisible. Las Brujas de la Noche cruzaron esa frontera cada vez que apagaban el motor y se deslizaban sobre las líneas alemanas. No practicaban magia. Practicaban disciplina, ingenio y una determinación feroz. El apodo que les pusieron los enemigos terminó siendo un distintivo de orgullo. No eran personajes de cuento. Eran mujeres reales que, con aviones casi obsoletos, demuestran que el coraje no tiene género y que a veces lo que parece debilidad se convierte en la herramienta más temida.
Mientras muchos soldados alemanes intentaban dormir en sus posiciones, en algún aeródromo improvisado dos jóvenes soviéticas preparaban otra vez su pequeño biplano. El motor rugía. La noche las esperaba. Y el enemigo ya sabía que podían volver.
Hoy, cuando las brujas vuelven a las calles y a los altares, vale la pena distinguir. Algunas existen solo en la imaginación. Otras volaron de verdad, hicieron temblar a un ejército y merecen ser recordadas no como monstruos, sino como heroínas que conquistaron la oscuridad.