Vida cotidiana (Galo Cañas Rodríguez)

En México, casi seis millones de personas viven solas. De acuerdo con la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI, existen aproximadamente 5.95 millones de hogares unipersonales, equivalentes al 15% del total nacional. En 2010 eran 2.47 millones y representaban el 8.8% de los hogares; para 2020 habían aumentado a 4.38 millones, es decir, el 12.4%. Lo anterior significa que, en apenas quince años, su número creció alrededor de 141%, una velocidad muy superior a la del crecimiento general de los hogares.

Esta transformación constituye una de las expresiones más importantes del cambio demográfico y de la organización social del país. Su magnitud obliga a examinar simultáneamente el envejecimiento, las nuevas trayectorias conyugales, la mortalidad diferenciada entre mujeres y hombres, los movimientos migratorios y las condiciones económicas que permiten, o dificultan, sostener una vivienda individual.

Uno de los principales hallazgos es la diferencia entre mujeres y hombres. En 2025, aproximadamente 2.62 millones de mujeres vivían solas, frente a 3.33 millones de hombres. Sin embargo, entre los hogares cuya persona de referencia es mujer, el 18.5% son unipersonales; entre aquellos encabezados por hombres, la proporción es de 13.1%. Esto significa que las mujeres tienen una propensión significativamente mayor a integrar hogares unipersonales, aunque los hombres representan todavía cerca del 56% del total de personas que viven solas.

La distinción es importante porque permite reconocer procesos demográficos distintos. La mayor longevidad femenina y la sobremortalidad masculina contribuyen a explicar la elevada incidencia de la viudez entre las mujeres. Según la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México 2024, el 22.6% de las mujeres de 50 años y más eran viudas, frente al 7.3% de los hombres. Esta desigualdad constituye uno de los mecanismos que pueden conducir a vivir sin compañía durante la vejez.

Sin embargo, la viudez representa solamente una parte de la explicación. Las separaciones, los divorcios, la decisión de no establecer una unión conyugal y la posibilidad de alcanzar autonomía residencial también intervienen en la formación de estos hogares. Debe considerarse, además, la violencia dentro de las relaciones de pareja, que puede conducir a rupturas y reorganizaciones residenciales. Los tabulados censales no permiten determinar cuántos hogares unipersonales surgieron por esta causa, por lo que su contribución específica requiere investigaciones adicionales.

La distribución territorial muestra diferencias relevantes. En las localidades menores de 2,500 habitantes, los hogares unipersonales representan el 13.3% del total, mientras que en las ciudades de 100 mil habitantes o más alcanzan el 16%. La distancia de 2.7 puntos porcentuales indica que vivir solo es un fenómeno extendido también en el mundo rural, aunque su frecuencia aumenta en los grandes centros urbanos.

Las diferencias por sexo añaden complejidad a este panorama. En las localidades rurales, el 19.7% de los hogares encabezados por mujeres son unipersonales, frente al 10.6% de los encabezados por hombres. En las ciudades de mayor tamaño, las proporciones correspondientes son de 18.4% y 14.6%. Así, la incidencia de los hogares unipersonales femeninos resulta incluso ligeramente mayor en el ámbito rural que en las grandes ciudades, mientras que entre los hombres se observa el comportamiento contrario. Esto muy probablemente tiene relación con los intensos procesos migratorios de las décadas de 1990 al 2010. En su conjunto, estas diferencias sugieren que las migraciones, el envejecimiento y la organización familiar operan de manera distinta según el territorio. También cuestionan la asociación automática entre individualización residencial y grandes ciudades: la soledad doméstica forma parte de las transformaciones de las comunidades rurales.

La composición por sexo muestra otros contrastes importantes. En Quintana Roo, solamente el 32.7% de quienes viven solos son mujeres; en las dos entidades de Baja California, la proporción es cercana al 34.3%. En Campeche alcanza el 39.9%, mientras que en Oaxaca asciende al 50.1%, siendo esta última la única entidad donde las mujeres constituyen una ligera mayoría de quienes viven solos.

Estas desigualdades abren una línea de investigación sobre la relación entre estructura productiva y organización residencial. En entidades con actividades turísticas, industriales, extractivas o de construcción, la movilidad laboral y la concentración de ciertos empleos entre hombres podrían favorecer una mayor presencia masculina en los hogares unipersonales. Campeche presenta un resultado particularmente compatible con esta hipótesis, lo cual se podría explicar por la predominancia de la industria petrolera en la entidad.

El contraste entre entidades federativas es todavía más pronunciado. Quintana Roo registra la mayor proporción de hogares unipersonales, con 18.8%, seguido de Ciudad de México, con 18.2%, y Baja California y Baja California Sur, ambas con alrededor de 18.1%. En el extremo contrario se encuentran Chiapas, con 10.7%; Tlaxcala, con 11.3%; y Guanajuato, con 12.4%.

También deben considerarse las desigualdades económicas. Vivir solo exige disponer de recursos suficientes para cubrir individualmente los costos de vivienda, alimentación, servicios, salud y transporte. Para las personas adultas mayores, especialmente aquellas sin pensión contributiva o redes familiares próximas, esa condición puede traducirse en una vulnerabilidad considerable. En otros casos, que son minoría, la residencia unipersonal expresa independencia económica y capacidad de decisión.

El crecimiento de los hogares unipersonales plantea nuevos desafíos para las políticas sociales. La protección de las personas mayores, los servicios comunitarios de cuidado y la atención a quienes enfrentan aislamiento social deben incorporarse con mayor fuerza a la agenda pública. Los hogares mexicanos están experimentando una transformación profunda y acelerada. Comprender sus diferencias resulta indispensable para construir un sistema de bienestar capaz de responder a las nuevas condiciones de reproducción de la vida cotidiana.

Investigador del PUED-UNAM

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